lunes, 25 de abril de 2016

Ardiendo.

Rojo. Rojo como las llamas. Juego con fuego sin entender que significa eso. Juego con fuego sin temor a quemarme. Quizás espere eso. Arder. Arder y sentir algo, sentir dolor o placer, sentir como lo que se quema se desintegra y se esfuma, se convierte en polvo y el viento se lo lleva. 

Quiero ser polvo y que el tiempo me lleve, me traslade a un mañana. ¿Existe el mañana?. No importa. El final no es importante, lo importante es el viaje. 

Azul. Azul como el fuego. Como ese fuego que alimenta el dolor. Dolor que arde con intensidad. Fuego que no se extingue, que el tiempo no consigue exterminar. Fuego que no se apaga ni a base de un diluvio de lágrimas. 

Blanco. Blanco como la paz. Paz ansiada y querida, anhelada y deseada. Paz esquiva y no encontrada. Paz y esperanza que se resbala entre los dedos. Paz que se encuentra al cerrar los ojos y encontrarte entre sus brazos. Paz que se encuentra cuando te llevas lo malo de su mundo. 

Negro. Pero no negro. Negro de fuerza. De perseverancia y determinación. Determinación por abandonar el agujero. Agujero que tu mismo has cavado olvidando la profundidad y ahora has quedado atrapado. 

Pero dejemos los colores, hoy he decidido cerrar los ojos para evitar ver mentiras, hoy los colores se aparecerán en mi mente, hoy la ceguera es voluntaria y merecida, hoy los colores no son reales, hoy los colores nacen del rojo. Rojo como el fuego. Fuego como la llama. Llama que nace del interior, de donde yace el corazón. 

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