lunes, 25 de abril de 2016

Ladrillo a ladrillo.

Primer ladrillo, primera separación, un centímetro más lejos.

Segundo ladrillo, la desconfianza aumenta, la paranoia aparece, la distancia parece eterna.

Enhorabuena, has construido un muro, un muro que te separa de tu meta. Has creado a ese monstruo del que siempre has huido. Te convertiste en piedra. Te arrancaste el corazón, no necesitabas sentir más.

Pateas el muro, intentas derribarlo, pero no cae, lo arañas, te partes las uñas intentando escalarlo. Joder. Te sientas a pensar, pero la vida dentro del muro pasa más lento. Estás dentro encerrado con toda la mierda, con ese dolor, esa tristeza, el abandono, el resentimiento, la ira. Te golpeas contra ellos en ese ring que tu mismo has construido. Obviamente son más que tú, te superan en número, te dejan K.O. Te quedas en el suelo, les dejas que ganen.

El muro se hace más alto, la luz disminuye y entonces te abandonas, cierras los ojos y llega ese placentero dolor, ese que te hace estremecer. Y entonces lo sabes, has cavado tu propia tumba intentando protegerte. Te has realizado el harakiri sentimental. Y mientras tu corazón se petrifica, susurras...

El principio del fin.

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